Un diplomático peruano evoca la figura y la trayectoria de otro hombre de la diplomacia de inicios del siglo XX, en el marco de la presentación del libro Siglos de Honor, de Joaquín F. Mould, publicado por la editorial Arbol para su colección «Arbol. Memoria y Patrimonio».
ESCRIBE: Embajador Carlos Amézaga, Director General de la Dirección General de Diplomacia Cultural de la Cancillería peruana.
El libro Siglos de Honor, de Joaquín F. Mould, da cuenta de diversos episodios en las vidas de una misma familia —con los apellidos Soroa, Mould y Távara— a lo largo de varios periodos de la historia del Perú, desde el Virreinato hasta los inicios del siglo XX. A través de sus distintos miembros, podemos reconstruir una historia del país, ya que muchos de ellos se identificaron con la política y la sociedad peruana de su tiempo: no solo durante el Virreinato, sino también en la Independencia, en la Guerra del Pacífico y en los primeros años del siglo XX.
Sin dejar de apreciar el valor y el significado de las dos primeras partes de este libro, mi comentario se centrará, sobre todo y por deformación profesional, en la figura de Federico Mould Távara: escritor y diplomático cuya carrera lo llevó a estar presente en acontecimientos internacionales de la mayor importancia, como la Segunda Guerra Mundial, y a conocer a personajes que forjaron la historia de nuestro país, como César Vallejo.

Federico Mould nace en 1907 y estudia en el Colegio Alemán de Lima, que en esa época reunía a los vástagos de los sectores sociales más encumbrados de nuestro país. El conocimiento del idioma alemán le sería útil más adelante, en la época de la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente, estudia en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y concluye sus estudios en la Universidad Complutense de Madrid entre 1928 y 1930.
Era, asimismo, gran admirador de los poetas José Santos Chocano —también hombre de acción política— y Enrique Bustamante y Ballivián —quien ejercía la profesión de diplomático—, de quienes recibió una importante influencia.
En 1930, gracias al apoyo de Raúl Porras Barrenechea, intenta iniciar su trabajo como diplomático en Europa. Al mismo tiempo, su padre gestiona la posibilidad de conseguir un nombramiento para él en algún consulado de ese continente.
Este hecho me hace pensar en la manera en que, en ese entonces, se ingresaba a la carrera diplomática. Como ustedes saben, actualmente el ingreso a la diplomacia es a través de la Academia Diplomática del Perú, mediante un proceso meritocrático y estructurado, muy distinto al de aquellos años.

En esa época no era así. Los diplomáticos de entonces podían incorporarse al servicio diplomático ingresando como funcionario administrativo en el Ministerio de Relaciones Exteriores o, estando en el extranjero, consiguiendo el nombramiento en alguna embajada o consulado, como fue el caso de Mould. En ambos casos, resultaba muy importante contar con gente influyente en el Ministerio que pudiera facilitarle el camino a los postulantes.
En octubre de 1931, Federico Mould empieza a laborar como consejero ad honorem del consulado peruano en La Rochelle, Francia. En esa época, los cónsules se ubicaban principalmente en los puertos para controlar el tráfico de barcos y las mercancías de exportación e importación, antes de que su rol evolucionara hacia la protección y defensa de los ciudadanos peruanos en el exterior. Al ser un cargo ad honorem, Mould no recibía remuneración, lo que implica que probablemente su familia lo seguía manteniendo desde Lima.
Recién en 1936 es designado tercer secretario en el consulado del Perú en Ámsterdam, lo que finalmente le permitió contar con una remuneración por sus servicios. Luego, en 1938, empieza su trabajo como tercer secretario en el consulado del Perú en París.
Cuando se inicia la Segunda Guerra Mundial, Federico Mould sigue en París y le toca trasladar la sede de la misión diplomática a Vichy, luego de que la ocupación nazi de 1940 dividiera Francia y obligara al gobierno francés a reubicarse en dicha ciudad. Posteriormente, el cuerpo diplomático es trasladado al hotel Dreesen en Bad Godesberg (Bonn, Alemania), donde se queda junto a su pareja, Elodie Barras Garcin.

Antes de que concluyera la guerra, en 1944, Mould consigue, como parte del cuerpo diplomático latinoamericano, ser liberado y trasladado a Lisboa; de allí, él y su esposa parten a Nueva Jersey, Estados Unidos. Regresan brevemente a Lima y, en 1945, es nombrado segundo secretario y parte a la legación peruana en Bruselas, donde recibió muchas distinciones en reconocimiento a sus acciones durante la guerra.
Ya en 1947, Federico es ascendido a primer secretario y parte a Caracas, Venezuela. A partir de allí se suman varias misiones: regresa nuevamente a Bruselas en 1949, luego a Canadá como consejero en 1950, y en 1952 es nombrado ministro consejero en Ottawa. Es decir, en 1944 era tercer secretario y, solo ocho años después, ya era ministro consejero.
El 31 de julio de 1846 el presidente Ramón Castilla y su ministro José Gregorio Paz Soldán firmaron el Decreto 90, norma pionera que organizó formalmente el servicio diplomático en el Perú. Fue la primera ley de estructuración diplomática de toda América.
Esta norma introdujo las primeras jerarquías estables (encargados de negocios, ministros plenipotenciarios, secretarios). Aunque los ascensos seguían fuertemente ligados a la decisión presidencial, se fijaron por primera vez sueldos fijos y requisitos de idoneidad para evitar el favoritismo absoluto.
Abro un pequeño paréntesis en la historia de Federico Mould para comentarles que el verdadero giro hacia la meritocracia moderna en la carrera diplomática ocurrió recién el 18 de agosto de 1955, bajo el gobierno de Manuel A. Odría. A partir de la primera promoción de la Academia Diplomática, en 1958, el ingreso al escalafón quedó condicionado estrictamente a haberse graduado en esta institución. Con ello, los ascensos posteriores comenzaron a desvincularse de los vaivenes políticos del gobierno de turno: por primera vez se exigieron exámenes de aptitud profesional y un tiempo mínimo de servicio en cada grado para poder escalar, desde tercer secretario hasta embajador. Ese proceso completo dura, si no hay contratiempos, entre 21 y 24 años.
Lamentablemente, Federico Mould tuvo que enfrentar un problema entre su esposa Didi y la esposa del embajador en Canadá, lo que motivó su regreso a Lima y su colocación como administrador de limpieza y mantenimiento de Torre Tagle. Era, sin duda, un descenso notorio para quien hasta entonces había ocupado cargos de creciente responsabilidad en el servicio exterior. Una muestra de cómo, en la diplomacia de aquellos tiempos, un conflicto ajeno a los méritos profesionales podía truncar de un día para otro una carrera en ascenso
Esta situación no es nueva: es algo que podía ocurrir en aquellos tiempos. La esposa del jefe de misión, era llamada a veces «embajadora» y también tenía un poder importante dentro de la misión. Por tanto, cualquier cosa que la afectaba repercutía en la actitud del marido hacia alguno de los funcionarios o sus esposas.
En sus últimos años en Lima, en medio de una profunda depresión, se refugió en el alcohol y falleció en 1958, precisamente el año en que entró al servicio la primera promoción de la Academia Diplomática del Perú. Irónicamente, cuando ya se encontraba en el hospital donde terminaría sus días, recibió un último ascenso como ministro plenipotenciario ante las Naciones Unidas, en Nueva York, cargo que nunca llegó a ocupar pues murió antes de poder ejercerlo.
La vida de Federico Mould Távara, como escritor y como diplomático, nos ofrece un buen ejemplo de cómo se desarrollaba la vida de un funcionario público dedicado al oficio diplomático: traslados frecuentes entre ciudades y regresos periódicos a Lima, apoyo a los connacionales en los consulados, situaciones de guerra, problemas al interior de las misiones y, finalmente, un reconocimiento a los méritos de una prestigiosa carrera. ∎

«Arbol. Memoria y Patrimonio».
COMPLEMENTO. El diplomático y el poeta: Para conocer los detalles de la relación entre Federico Mould Távara y el poeta César Vallejo —desde sus años en París hasta los últimos días del vate—, haz clic aquí: https://revista-enlima.com/…/03/19/dos-cronistas-en-paris/

