Fernando Ampuero visto por Jeremías Gamboa


Jeremías Gamboa y Fernando Ampuero

Con motivo de la presentación de Última parada (Tusquets, 2026), el nuevo libro de Fernando Ampuero, reproducimos la crónica que Jeremías Gamboa escribió con ocasión de la entrega del Premio FIL Lima de Literatura 2018, distinción con la que la Feria Internacional del Libro de Lima reconoció la trayectoria y el aporte de Ampuero a las letras peruanas.

ESCRIBE: JEREMÍAS GAMBOA

Hace ya varios años, en una de las primeras entrevistas que di tras publicar mi primer libro de cuentos, mi amigo, el escritor y periodista Enrique Planas, me lanzó una pregunta con visos de revelación inesperada. Quique me preguntó, con algo de timidez, si en la manera en que presentaba ciertas situaciones de mis relatos, en las premisas narrativas y en la forma súbita en que la historia aparecía, no sentía una cierta influencia de los cuentos de Fernando Ampuero. Planas se explicó: en muchos de los relatos de Ampuero, como en algunos de los míos, la situación que gatilla la narración es el encuentro entre dos periodistas que se juntan a conversar en algún café o en un bar, muchas veces del Centro de Lima, para contarse una buena historia siempre antes o después de un cierre de edición o en medio de una cobertura. ¿Me parecía? Recuerdo que la observación me dejó perplejo porque además ocurría en una situación que bien podría considerarse propia del mundo de ficción de Fernando Ampuero: Quique y yo éramos dos escritores que también eran periodistas o dos periodistas que también eran escritores sentados en un espacio del Centro de Lima conversando sobre otro periodista y escritor y sobre una serie de cuentos protagonizados por periodistas que sin embargo viven escuchando todo el tiempo los “tambores invisibles” del llamado de la literatura. Recordé una entrevista que le hice a Fernando cuando aún era estudiante y le pregunté qué escogería si yo le ponía un arma en la sien y lo forzaba a optar entre la literatura y el periodismo. “Escogería la literatura”, me dijo, “pero escribiría sobre periodistas”. Le dije a Planas que estaba completamente de acuerdo y me sentí muy feliz.

Fernando Ampuero, el escritor joven y aventurero cuyas vivencias y el contacto con la gente nutrieron su literatura.

Sabía que le debía a Fernando Ampuero muchas cosas, tanto en el oficio periodístico como en las decisiones de la la propia vida, pero me resultaba fantástico comprobar que también había sido influyente en aquella cosa que me importaba más que ninguna otra. Y debo decir que he sido igualmente feliz en estos días, mientras releía con placer los cuentos y crónicas de Fernando que más quiero con la intención de escribir estas líneas. La influencia de una vida y una carrera sobre otra se puede rastrear de muchas maneras. La estela de Fernando Ampuero me llegó a mí a través de los relatos admirados de mi padre, un mozo ayacuchano que lo atendía en un restaurante miraflorino y que tenía la extraña peculiaridad de leer y de haber organizado en su casa una biblioteca en la que no faltaban autores peruanos. Papá hablaba de Fernando, como hablaba de Julio Ramón Ribeyro o Antonio Cisneros, que llegaban a la pizzería miraflorina en la que él trabajaba y pedían vinos y armaban unas tertulias escandalosas que lo ponían en aprietos, obligado a explicar a las otras mesas que los señores eran escritores, poetas y periodistas. Papá sabía que Fernando era además el subdirector de la revista Caretas y como tenía un hijo que quería ser periodista una tarde de diciembre de 1994 rompió su timidez provinciana y le dijo a Ampuero que tenía un hijo que quería ser periodista. Fernando nos dio una cita. La primera vez que lo vi en persona, en aquella oficina de subdirector de la mítica redacción de la revista Caretas en ese edificio oscuro del jirón Camaná 615 que él ha fijado en algunos de sus mejores relatos y novelas, la impresión de todo lo que vi fue tan poderosa que no he podido sacármela de encima. Todo me parecía heroico y a la vez resultaba decadente y por eso precisamente parecía hecho para la mejor literatura. El edificio de Caretas, con su ingreso oscuro como boca de lobo, su escalera circular y lánguida, puntuada por cristales opacos, y sus pisos simétricos, era la locación perfecta para una novela gótica o de detectives. Y la oficina de Fernando, a la que se llegaba tras pasar una puerta de cristales que te devolvía tu propia imagen como en una pesadilla, y tras recorrer un corredor largo en que se escuchaban llamadas telefónicas y el repiquetear de los teclados de las máquinas, el escenario de un cuento como “Cuestión de táctica”, esa historia de aires a lo Maupassant en la que un poeta popular importuna a un periodista llamado Flavio Arregui con unos lamentables versos para el día de la Madre. Esa noche mi padre y yo tuvimos más suerte que el poeta y se puede decir que a partir de allí empecé mi vida de periodista y aspirante a escritor bajo la mirada de Fernando. Un detalle llamó por completo mi atención: Tras la imagen reluciente de Fernando, que no parecía tocado por el aire que nos rodeaba, colgaba una reproducción del cuadro “Ta Matete” de Paul Gauguin que por su color, suntuosidad y luz contrastaba de un modo impresionante con la opacidad del resto del edificio. Esa noche, al final de la entrevista, Fernando me dio una bienvenida propia de una novela de horror, pero lo hizo soltando una sonrisa. “Ven con la mejor disposición que tengas”, me dijo. “Tenemos un director abominable”. Puedo afirmar ahora que esos dos detalles —el cuadro de Gauguin, la descripción puntual del director al que todos llamaban el Ogro— explican bastante bien la posición que Fernando Ampuero encarnaba en esa redacción de la revista Caretas de los años noventa con la que tengo ciertas pesadillas.

Con una vasta experiencia en el periodismo, Ampuero convirtió la observación del mundo en materia literaria.

Años más tarde, cuando leía Moby Dick, de Herman Melville, sentía que conocía perfectamente el orden jerárquico de la nave ballenera gracias a mi experiencia en Caretas. Ese verano de 1995 en que empecé a escribir en una de sus salas era sin dudarlo un pequeño Ismael que miraba asombrado el orden de los marineros, contramaestres, arponeros, suboficiales y oficiales que se iban organizando de abajo hacia arriba hasta llegar a la cabina en que se hallaba Enrique Zileri como un delirante capitán Ahab que atronaba con alaridos de espanto las noches de cierre, obsesionado por algún imposible cetáceo alojado en las paredes de Palacio de Gobierno. Si en alguien depositábamos nuestras esperanzas era en Fernando Ampuero, el número dos de la nave, el único capaz de tranquilizar los humores del obsesionado capitán para hacerlo entrar en razón: nuestro Starbuck. Su prestigio provenía del raro don para mostrarse inmune a la desesperación y al castigo corporal de los cierres, a la increíble capacidad para no perder el encanto, el comentario risueño, la risa desmesurada y el cultivo de una luz y un brillo entre la mugre de la guerra del Cenepa, las tropelías de Vladimiro Montesinos y la reelección de Alberto Fujimori. Era algo así como la posibilidad de una conciencia lúcida dentro del mundo. El cuerdo aparente —recalco aparente— en la mítica nave de los locos. Fue en medio de esos cierres de edición a altas horas de la noche, a la espera de instrucciones de mis superiores, que descubrí los textos de Fernando en las páginas de las colecciones de la revista Caretas y luego en las del libro de crónicas y reportajes Gato encerrado. No exagero si digo que el descubrimiento de esos textos me abrió la cabeza: me hizo ver que el trabajo que hacíamos en esas oficinas podía trascender los cierres y que la capacidad de observación y el manejo de la palabra podía dotar al periodismo de un alcance propio de la literatura. En los textos de Gato encerrado no sobraba nada, y me parece que leyéndolo empezaba a entender la obsesión de Fernando por el disparo certero e inmediato. No olvido el arranque del texto sobre la vidente Zizi Ghenea, que era así: “Zizi Ghenea es la única persona en el mundo que, diez minutos después de conocerla, ha amenazado, como en los cuentos de hadas, convertirme en un sapo”. Tampoco el del texto de Borges: “Borges tiene ochenta y dos años y hace casi veintiséis que está ciego. La ceguera, en su caso, no ha sido una sorpresa trágica: sobrevino gradualmente, como si toda su vida hubiera sido un largo crepúsculo”. En todos esos textos, de cara a la particularidad de personajes extremos como el indio Fernández, el pintor José Tola o Emilio Rodríguez Larraín, Ampuero desplegaba una estratagema que tomaba del cuello la atención del lector y que ha signado su literatura: una especie de seducción de la perplejidad. Cuando se reúne con Tola para entrevistarlo, nos transmite lo difícil que es sacarle una palabra; cuando permanece al lado de Borges nos sume en la extrañeza de estar al lado de un genio y luego nos contagia la turbulencia de estar frente a la voluptuosidad de Moria Casán o al aura totémica de Libertad Lamarque. En esa estrategia, Fernando ya prefiguraba la posición del narrador de muchos de sus cuentos, cuentos que también leí en esos meses de Caretas y en las pausas en las que dejaba la revista para irme a estudiar a la universidad mientras pensaba que era posible, cómo no, ser periodista y también escritor de ficciones. Lo llamaré “la postura de Starbuck”; es decir, la del circunspecto capitán segundo en el vértigo del Pequod: la del cuerdo aparente en la desopilante nave de los locos. Piénsenlo un poco. En muchas de las mejores ficciones de Fernando Ampuero, el logro narrativo está relacionado con ese hábil punto de vista de un hombre perplejo y a la vez atraído a la locura, a ratos risueña, a ratos aterradora, de los adorables excéntricos del mundo. Es la posición, claro, del sensible narrador de Desayuno en Tiffany de Truman Capote (novela que Fernando adora), imantado por la belleza estrafalaria de la Holly Golightly, o la del Marcelo Mastroniani sumergido en el vórtice de la fiesta interminable de los excéntricos personajes de La dolce Vita (película que sé que ama). Como ellos, los protagonistas de las narraciones de Fernando se van contagiando sutilmente de la locura encantadora de los otros en una experiencia que parece el de una bella fiebre compartida. A esa estirpe de personajes pertenece incrédulo Carlos que de paso por Ginebra escucha la impresionante historia de su amigo Juan Miguel, convertido en un domador de perros víctimas de la depresión suiza en “Mas allá del amor a los perros”; el aterrado y a la vez encandilado joven mochilero que pasa una noche al lado de un asesino argentino en “Mi buena estrella”; o al amante favorecido por el delicioso radicalismo de una encandilada artista conceptual mexicana en “Gracias por la fantasía”. Siempre centrado y en posición de dominio del principio de realidad pero con un ojo atento al delirio de los otros, siempre magnetizado por los personajes estrafalarios, neuróticos o excéntricos, los bichos raros, el Fernando o el narrador de turno que despliega la historia que nos captura lo hace no para arrojar sobre los otros la burla o el cinismo sino el fulgor de una escritura compasiva y risueña, encandilada y sonriente que aproxima a ellos y parece abrazarlos bajo un acto común que Fernando nombró muy bien en el título de uno de sus primeros libros: Deliremos juntos. El “otro” tiene algo de uno, es uno, y eso siempre abre la pregunta no resuelta de por qué el narrador se ocupa de sus vidas y se ve forzado a narrarlas.

Tengo una sospecha: Quien delira es siempre un espejo extremo de quien narra. No es extraño, por ello, que ese particular procedimiento haya arrojado sus mejores resultados en algunos de los personajes imborrables del mítico edificio del jirón Camaná: Es el caso del trágico y encantador Eneas Marrull, que se apodera de algunas de las mejores páginas de El peruano imperfecto, ese redactor sin dientes que ante los apuros económicos obliga al narrador a contarle en tiempo real, plano por plano, las películas que ha visto el fin de semana, o el de los salvajes escritores o aspirantes a escritores que enfrentan el sino de sus aciagos destinos en la redacción de Caretas como parte de Lobos solitarios: Xavier, que pasea perros imaginarios por los pasillos del edificio y se encierra a tomar en su oficina con el sonido pregrabado de las cantinas de Lima con el afán de sentirse menos solo, o Edmundo, angustiado por accesos de furia karamazoviana mientras intenta terminar el original único de una inmensa novela total que tendrá como destino desaparecer en el aire de una noche de lluvia limeña. “No voy a esclarecer ahora qué me impulsó a escribir sobre Edmundo y Xavier”, dice el narrador. “Digamos que, cuando alguien aborde el tema, me las arreglaré barajando palabras: pena, solidaridad, desconcierto, infinito respeto”. Fernando siempre ha respetado y ha defendido a los excéntricos. “Una buena revista solo se puede hacer con gente un poco loca”, me decía años después, cuando era editor central de revistas en El Comercio y yo había ido a buscarlo porque quería escribir en la revista que él dirigía. Somos era una fiesta, un extraño colectivo de gente que no pasó el test sicológico de la empresa cuando la anexaron a El Comercio y que, por pedido de su director, tuvo que “fingir normalidad”. Allí, participando en las reuniones de edición como redactor y luego como bisoño editor, descubrí otro de sus grandes procedimientos de escritor, seguramente por su adscripción a esa raza de narradores que han sido fogueados en las redacciones. La del relato oral. Fernando es un consumado narrador de tertulia y no es extraño que, como hacía Julio Cortázar, se sienta a escribir solo cuando tiene toda la historia lista para ser volcada naturalmente en palabras. El procedimiento es de otros. Ya narradores tan diferentes como Gabriel García Márquez o Alberto Fuguet, también fogueados en las filas del periodismo, han señalado que tenían y tienen la costumbre de contar sus posibles historias a un auditorio real para medir los efectos de su estrategia narrativa antes de lanzarse a la escritura en sí. Fernando hacía lo mismo siempre, y era casi un ritual que en plena reunión de Somos terminara contándonos historias de los días en que mochileaba por América Latina, censaba tortugas en Galápagos o sobrevivía a los cierres turbulentos de Caretas (Recuerdo especialmente las veces que nos contó esa historia de éxtasis poético que le sucedió en Hungría y que terminaría llamándose “Historia de la sábana y el vaso de agua”). De esa práctica, me parece a mí, se explica la hermosa recurrencia de una situación específica en su trabajo: la de un periodista o una persona cualquiera que le cuenta una historia a otro periodista. Es lo que le ocurre, sin duda, a ese Fernando atornillado a una silla de Les Deux Magots que, junto al periodista Fernando Carvallo, se enfrenta al relato hilarante y aterrador del falso diplomático chileno en “Kim Novak en París”, y esa esa también la situación a través de la cual, con claros ecos de Borges, se abre la notable “El apartamento”. El inicio de ese cuento siempre me ha parecido espléndido porque ilustra lo que he estado diciendo y por eso no me resisto a leerlo. Dice así: “Aparentemente la historia la refirió un estudiante de sociología durante una reunión de amigos, y hoy apenas se sabe de él que dos meses después de aquella charla abandonó la Facultad para regentar una oscura pizzería de Lince. A mí me la contó Luis Jochamowitz en un café de la avenida Tacna. En la misma cuadra, en otro café, el estudiante la había contado por primera vez, acaso porque desde allí podía verse el viejo edificio donde falleció el inocente Mariano Robles”.

A eso se refería Planas cuando hablaba de los inicios frontales que tienen los textos de Fernando Ampuero. Diría que es el ADN del periodista. Hay que poner toda la carne en el asador desde la primera línea. El primer éxito de todo texto es lograr que el lector pase por él como a través de un acto de encantamiento. Pero la literatura no solo consiste en atrapar al lector y conducirlo por una experiencia que simule el mundo (Fernando lo ha logrado de manera consumada en novelas como Caramelo verde o cuentos como “Taxi Driver sin Robert de Niro”) sino en ofrecer también una clave de interpretación o un lente de aproximación para definir una forma de mirarlo: eso que, en una de las piezas de Gato encerrado Julio Ramón Ribeyro, apoyado en Proust, llama el “estilo”. Yo creo haber entendido esa manera de mirar el mundo de Fernando aquella vez que me explicó por qué abriríamos una nota mía sobre la Costa Verde de Los Barracones y La Mar Brava no con la imagen impresionante de un loco sino con la fotografía serena de una casa pobre adornada por unos coquetos geranios y con una vista privilegiada a la languidez del mar. Todos en el mundo, me explicó, por humilde que fuera su condición, tenían derecho a disfrutar de un hecho estético tan bello como un atardecer. Es el mismo derecho que les asiste a un padre y a su hija en el cierre de “Criaturas musicales”, mientras escuchan un aria de La Gioconda, de Ponchielli, en la voz de María Callas tras un día de desencuentros domésticos; el mismo que asalta al bello personaje niño ya vuelto un adolescente al final de “Pánico en la clínica de tartamudos”, cuando redescubre la belleza del balneario de Punta Hermosa. ¿Y cómo explicar la aparición sobrecogedora de una turba de caballos que galopan desbocados en medio de la noche bajo la mirada atónita del malhadado Eneas Marrul? En los relatos más bellos de Ampuero, en los que al releer en estos días he reconocido todo lo que aprecio de su escritura, hay siempre eso: la posibilidad de presenciar o realizar un acto rebelde de luz ante la oscuridad del mundo. Ese creo yo era el sentido de esa imagen exótica de Gauguin en medio de un mundo acosado por la corrupción y la dictadura en aquel edifico gótico de Camaná. Y esa es la actitud que he encontrado en las páginas de La bruja de Lima, cuando el propio Fernando, ante la noticia de que le quedan apenas unos pocos meses de vida, decide viajar a Europa junto a su hija Camila para respirar el aire otoñal de Barcelona y urdir el plan imposible de robarse un par de Tizianos y La bañista de Valpinçon, de Ingres, del museo del Louvre.

La vida es terrible y es oscura, pero es posible encontrar en ella una defensa si nos aferramos a la contemplación. Lo dice mucho mejor el médico del cuento “Bicho raro”, que intenta disuadir a un suicida de volver a intentar quitarse la vida. “Si va a tomar esa pastillas, ¿por qué no se espera unas dos o tres semanas?”, le dice: “Estamos a unos días de enero, y el verano está por empezar. Habrá unas bonitas tardes de sol y de mar. Vaya a una playa del sur, camine por la arena, póngase a oír la música del mar y zambúllase en él, y nade, nade mucho, vea las gaviotas, vea a las chicas que se ríen y juegan, vea cómo cruzan el horizonte los veleros con sus velas desplegadas, sus hermosas velas de colores… Si después de eso sigue pensando igual, entonces haga lo que desee. No hay otra cosa tan agradable en la vida como ir a mirar el mar”. El mar. Hace solo algunos meses, debido a que ambos habíamos sido invitados a un encuentro de escritores en que se conjugaban Lisboa, Lima y París, tuve el gusto de caminar al lado de Fernando por el bulevar Saint-Germain y por un simpático malecón de Saint-Nazaire, al norte de Francia. Ahora es un colega mayor, una especie de venerable lobo solitario que no ha perdido esa actitud ante el mundo que es el centro de su obra. Era muy emocionante ver a Fernando detenerse en medio de la caminata para comentar la forma de un balcón o la belleza de una buhardilla tanto como el vuelo de un patillo, el desplazamiento callado de una barca o la sonrisa de una muchacha. Esa también es su influencia. Y en un medio como el nuestro, mezquino y cínico, no deja de ser milagroso. Has dicho, Fernando, hace muy poco que no eres un escritor de laureles sino de abrazos. Todos quienes hemos abrazado a tus personajes, quienes hemos reído con ellos, tropezado con ellos y amado con ellos, abrazamos este premio también. Te abrazamos. Gracias por todo. ∎

Última parada (Tusquets, 2026), de Fernando Ampuero, será presentado el martes 28 de julio, a las 6:00 p. m., en el auditorio José María Arguedas de la Feria Internacional del Libro de Lima (FIL Lima). La presentación estará a cargo de los escritores Jeremías Gamboa y Santiago Roncagliolo.

El volumen reúne una selección definitiva de relatos que recorre toda la trayectoria cuentística de Ampuero, desde sus primeros textos hasta libros emblemáticos de su madurez, como Malos modales, Bicho raro, Kim Novak en París y Lobos solitarios. A través de estas historias, el autor construye personajes memorables y retrata situaciones cotidianas con una combinación de humor, ironía y una profunda humanidad.

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