Las relaciones sociales afectadas por las medidas de seguridad y el riesgo al contagio. Este artículo ensaya algunas respuestas sobre la expresión de los afectos y las emociones en este nuevo e incierto panorama.
ESCRIBE: GASTÓN AGURTO
Uno de los sentimientos que estamos experimentando masivamente en el contexto del confinamiento y la distancia social para evitar la propagación del coronavirus, es el de frustración por no poder estar junto a algunos seres queridos para darles un beso o abrazarlos. Este hecho inusual —el de privarnos de expresar nuestra humanidad— resulta angustiante, perturbador para culturas como la peruana, tan campechanas y dadas al besuqueo, al apretón de manos y al apapacho.
Ensayando respuestas sobre el futuro de las relaciones interpersonales, Liuba Kogan, profesora principal del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la UP, pronostica escenarios en que las medidas de autoprotección y seguridad extrema que manda la pandemia acentuarán el sentimiento de desconfianza y el temor a la cercanía o al contacto físico con personas que no sean del entorno familiar. A este contexto, de por sí incierto, el uso generalizado de la mascarilla le añade un cariz dramático.

LA MASCARILLA: EL SIGNO DE NUESTROS TIEMPOS
Que las actuales mascarillas de tela blanca no se parezcan en nada a las impresionantes máscaras con anteojos y pico de ave de rapiña que usaban los médicos de la peste en el siglo XVII, no quiere decir que no asusten. Claro que asustan. Su sola presencia remite a la temida enfermedad.
Liuba Kogan explica que, más allá de su meritoria función protectora, el uso de la mascarilla tiene el efecto secundario de “quitarnos el rostro” y “debilitar” las relaciones interpersonales. Sin identidad a la vista, crece la desconfianza; sin una comunicación efectiva, las relaciones sociales se debilitan. Al ocultar la gestualidad y especialmente la sonrisa, la mascarilla imposibilita comunicar afectos a cabalidad.
La mascarilla también “nos convierte en sujetos débiles”, añade Kogan. Si bien, como se ha dicho, su objeto es protegernos, el efecto psicológico que produce en algunos podría resultar angustiante, haciéndolos sentir vulnerables en medio de la multitud de enmascarados.
Que tire la primera piedra quien no se ha pasado a la vereda de enfrente al ver que alguien se acerca por el mismo carril en sentido contrario. O quien no haya adquirido la maniática costumbre de llamar al ascensor con el nudillo del dedo índice. Cierta base de realidad refrenda los nuevos temores, traducidos en estos nuevos y extraños comportamientos, y es la siguiente: cualquiera podría hacernos daño con tan solo estornudar o hablarnos de cerca sin protección.
Los medios de comunicación irresponsables, con la permanente difusión de falsas y alarmantes noticias, enrarecen un ambiente de por sí contaminado por una incertidumbre natural y comprensible. Ante esta situación, una actitud sana manda esforzarnos para no permitir que la paranoia gane terreno.

LA ADAPTACIÓN COMO RESPUESTA
La buena noticia —añade Kogan— es el creciente fortalecimiento de los lazos familiares o amicales, una respuesta claramente humana y solidaria especialmente con los niños y los ancianos, de los más afectados por el encierro y la crisis sanitaria en general. Es esperanzador constatar, por ejemplo, cómo los hijos adultos se están comunicando, con mucho más frecuencia que antes, con los niños y con sus padres ancianos aislados por las medidas de confinamiento obligatorio, acompañándolos y expresándoles cariño a través de videollamadas.
La mala noticia es que las relaciones de pareja, al menos por el momento, quedarán en suspenso, si es que no se ven o han visto afectadas ya. Kogan piensa que el coronavirus podría impactar de manera similar a la epidemia del SIDA, que reconfiguró la naturaleza de la sexualidad en los 80, replegando la cultura de libertad del Peace & love. Pronostica que por temor al contagio se hará muy difícil establecer relaciones sociales por aplicaciones como Tinder o aquellas más tradicionales, que se dan de modo fortuito en un bar, por ejemplo. Y finalmente, pero no menos inquietante, la experta concluye que manifestaciones tan importantes del afecto, como tocarse o acariciarse, también tendrán que abrir un paréntesis con la ilusión de cerrarlo pronto.
Estas últimas tendencias calzan con la revalorización del espacio privado frente al público como ámbito de socialización.
Por el momento toca aceptar la nueva realidad de sobrevivencia que estamos afrontando: aislamiento, mascarilla, distancia social, lavado de manos. Acostumbrarnos a vivir en este mundo raro de enmascarados, así como de lejanías y distancias momentáneamente insalvables. Y aguardar esperanzados que la pesadilla sanitaria acabe para, por fin, poder quitarnos la mascarilla, mostrar nuestra más grande sonrisa y estrecharnos en un fuerte abrazo con nuestros seres queridos. ■
Este artículo fue publicado en la edición 28 de la revista ALUMNI UP, de la Universidad del Pacífico.