El álbum de las cosas olvidadas (Planeta, 2025), de Enrique Planas, es una reflexión literaria y emotiva sobre la fuerza de los objetos obsoletos.
Escribe: Ricardo Sumalavia
Este libro es un cementerio y un álbum de recuerdos. En sus páginas se levanta una procesión de objetos que alguna vez nos acompañaron y que hoy, arrinconados en desvanes o sustituidos por aplicaciones sin misterio, siguen exigiendo un lugar en nuestra memoria. No es nostalgia lo que mueve estas evocaciones, sino una obstinación contra el olvido. Porque el reloj despertador, las enciclopedias, los mapas plegables, las grabadoras de cassette, los disquetes o las cabinas telefónicas son también parte de nuestra biografía secreta, de esa arqueología mínima que da forma a la vida cotidiana.
El tono es íntimo, casi confesional. Cada texto surge como una resistencia al paso del tiempo, una lucha contra la obsolescencia programada no solo de los artefactos, sino de quienes los usaron. Planas nos habla con cierta rabia del despertador porque atentaba contra la inocencia del sueño, pero detrás de esa rabia asoma la ternura de las mañanas perdidas. Nos recuerda las enciclopedias heredadas del padre, organizadas como un mundo en veintitantos tomos, para descubrir que lo que parecía una promesa de saber era también un compendio de silencios y censuras. Nos devuelve a los mapas plegables, desplegados como alas sobre el timón del auto, hasta que la luz de Google Maps los condenó a desaparecer.
El álbum de las cosas olvidadas (Planeta, 2025), de Enrique Planas, se lee como una sucesión de epitafios breves, pero cada uno abre un pasadizo hacia otras dimensiones: la infancia, los viajes, las conversaciones truncas, los cuerpos que ya no están. Hay humor, hay furia, hay incluso cierto ajuste de cuentas con la tecnología que nos domesticó, pero lo que permanece es la certeza de que todo objeto guarda un residuo humano. Lo mecánico nunca está solo; siempre tiene un dueño, un gesto, un deseo adherido a su superficie. Esto, me permito decirlo, me suena muy japonés, muy oriental. Nos remite a la fuerza vital de los objetos, a la energía que compartimos con ellos y que nos resistimos a abandonar.
Este libro de Enrique Planas no busca devolvernos el pasado, sino recordarnos que fuimos otros gracias a lo que tuvimos en las manos. La memoria, hecha de fragmentos, encuentra en estas páginas un refugio. Leerlo es aceptar que nuestra historia personal también está hecha de ruinas tecnológicas, de objetos que se extinguen, pero no mueren. ■

