ULTIMOS DÍAS PARA VER «El Perú, en clave CARETAS. 75 años de historia fotográfica«, en el Museo de Arte Contemporáneo de Lima (MAC Lima). Una selección de imágenes emblemáticas del archivo de la revista.
Hay países cuya historia puede leerse a través de sus leyes, sus discursos o sus estadísticas. La del Perú de la segunda mitad del siglo XX y el primer cuarto del XXI también puede recorrerse en las páginas de la revista Caretas. En ellas, la fotografía periodística da cuenta de la violencia y la humanidad, del poder y la pobreza, con una intensidad que conmueve e invita a la reflexión. Pero la revista también supo mirar la otra cara del país: la vida social, el espectáculo, la frivolidad y el humor, ampliando la mirada de una publicación que hizo de la fotografía una forma de contar el país en todas sus dimensiones.
Durante los años de violencia política, muchas de sus fotografías mostraron un país fracturado por el miedo. No se limitaron a registrar explosiones, funerales o patrullas militares. También captaron el silencio de las calles, la incertidumbre en los rostros, la dignidad de las víctimas y la persistencia de la vida cotidiana en medio del horror. Por ejemplo, la fotografía de Óscar Medrano tomada después del atentado de Sendero Luminoso contra la municipalidad de Vilcashuamán (Ayacucho), en agosto de 1982, en que se muestra a un campesino recuperando, entre los escombros, un retrato del entonces presidente Fernando Belaúnde Terry.

Las fotografías de Caretas acompañaron los grandes cambios políticos del país. Presidentes, candidatos, militares y líderes sociales fueron retratados no solo en ceremonias oficiales, sino también en momentos de vulnerabilidad, cansancio, euforia o derrota. La cámara permitió humanizar a los personajes públicos y, al mismo tiempo, desmitificarlos. Como aquella foto de Víctor Ch. Vargas en la que Alan García baila con una expresividad desbordante. Captado fuera del protocolo, su figura corpulenta, el amplio movimiento de los brazos y el gesto desinhibido condensan, en un solo instante, el temperamento histriónico y exuberante que definió su personaje público.
Desde su fundación en 1950, Caretas entendió que una imagen podía condensar el espíritu de una época. Enrique Zileri convirtió esa intuición en una seña de identidad de la revista: la promovió, la impulsó entre su equipo periodístico y la integró como parte esencial de su mirada editorial. Zileri se incorporó a Caretas a mediados de los años cincuenta y asumió la dirección tras tomar la posta de sus fundadores, Francisco Igartua y Doris Gibson. Permaneció al frente hasta 2007, cuando fue sucedido por su hijo Marco Zileri.
Entre los fotógrafos pioneros de la revista figuran Víctor Manrique, Leoncio Mariscal, Humberto Romaní y René Pinedo. Entre quienes continuaron esa tradición en los años ochenta destacan los ya mencionados Óscar Medrano y Víctor Ch. Vargas, además del Chino Domínguez, Manuel Vilca, Lotta Burenius, Alicia Benavides, Armida Testino, Daphne Dougall de Zileri, Carlos Bendezú y Carlos Saavedra. A partir de los años noventa se incorporó una nueva generación, integrada por Fátima López, Sergio Urday, Alejandro Balaguer, José Vilca, Gilmar Pérez, Javier Zapata, Francisco Rodríguez, Luis Julián, Cecilia Herrera y Ruth Enciso, entre otros.
Todos ellos recorrieron Lima y el país, llegaron a pueblos remotos y retrataron conflictos sociales, desastres naturales, campañas políticas, golpes de Estado, atentados terroristas y protestas. También documentaron fiestas populares, tradiciones regionales, emprendimientos familiares, historias de superación y otros rostros de un país diverso y en permanente transformación. Pero su mirada llegó además a las casas, oficinas y campos de acción de sus protagonistas: desde políticos, empresarios, vedettes, deportistas y artistas hasta ciudadanos y funcionarios anónimos que, de pronto, ingresaban a la escena pública por un crimen, un escándalo de corrupción o cualquier otro hecho que los colocara, voluntaria o involuntariamente, en el centro de la noticia.
La fotografía de Carlos Bendezú para la portada de Caretas con Amparo Brambilla, en los años ochenta, resume una de las marcas de la revista: su capacidad para unir actualidad, humor e impacto visual. La vedette, cuya imagen pública estaba asociada a una feminidad exuberante y provocadora, aparece con un traje de lentejuelas. El titular “Los recursos de Amparo” jugaba con su atractivo físico y, al mismo tiempo, con el lenguaje jurídico de un recurso legal que era noticia en esos días. Era una muestra del ingenio verbal y de la provocación editorial de la época, una fórmula que hoy sería leída con otros criterios.
En contraste con la imagen de Amparo Brambilla, construida desde la exposición voluntaria del espectáculo, la fotografía de Vladimiro Montesinos, tomada por Carlos Saavedra, revela a un personaje que no buscaba ser visto y que intentaba permanecer oculto. Publicada en 1983, cuando Montesinos todavía era desconocido para la mayoría de peruanos, la imagen resume otra de las marcas del fotoperiodismo de Caretas: la búsqueda de fotografías capaces de revelar aquello que el poder intentaba mantener en las sombras. Saavedra no retrató a un protagonista que buscaba la exposición pública, sino a alguien que operaba discretamente; por eso, con el paso del tiempo, la fotografía adquirió el valor de una revelación anticipada al mostrar el rostro de quien años después se convertiría en uno de los hombres más influyentes y controvertidos del país.
Otro aporte de la revista fue dirigir su mirada hacia quienes rara vez ocupaban los titulares. Los fotógrafos de Caretas, acompañados por los reporteros de planta, no solo buscaron a los protagonistas del poder y la fama. También recorrieron las calles y los lugares donde transcurría la vida de personas comunes, de comunidades golpeadas por la pobreza, el abandono y la falta de oportunidades. Ante sus cámaras, esos rostros adquirieron la misma dignidad visual que políticos, empresarios o artistas. Así, la revista convirtió en parte de la historia nacional a quienes muchas veces permanecían fuera de ella.
En esa línea, en los años noventa, Gilmar Pérez, Javier Zapata y Francisco Rodríguez, fotógrafos de Caretas, además de cumplir con la cobertura cotidiana de política y seguridad —los temas centrales de la revista—, desarrollaron una obra que trascendió la noticia inmediata.
Pérez aportó una mirada profundamente humana y sensible. Sus fotografías de víctimas de tragedias ambientales en Cajamarca y de niños de la calle en Lima sumidos en el desamparo trascendieron el registro de la tragedia para mostrar la dignidad, la fragilidad y la resistencia de sus protagonistas.
Zapata, por su parte, llevó el retrato periodístico a una dimensión artística. Sin perder el rigor informativo, sus fotografías destacan por el cuidado de la composición, el manejo de la luz y la capacidad de construir una narrativa visual en la que un gesto, una mirada, la postura de un cuerpo o el entorno adquieren un significado propio. Futbolistas, músicos, bailarinas y otros personajes de la vida pública aparecen en sus imágenes con una fuerza expresiva que trasciende el registro documental.
Y Rodríguez enriqueció esa tradición con una mirada documental de gran sensibilidad, atenta tanto a la actualidad como a las expresiones culturales del país. Esa búsqueda alcanzó una de sus expresiones más acabadas en el registro de la festividad de la Virgen de la Puerta de Otuzco, reunido años después en el libro La Mamita de Otuzco, donde prolongó una preocupación ya presente en Caretas: retratar con respeto, sensibilidad y rigor visual las tradiciones y la diversidad cultural del Perú.
Su ingenio como reportero gráfico quedó también reflejado en un episodio que resume el espíritu de la revista. En 1996 logró fotografiar a Vladimiro Montesinos en su refugio de playa disfrazándose de pintor, trepado en una escalera y ocultando la cámara en una lata de pintura. La imagen, obtenida gracias a la paciencia, la audacia y el ingenio, sintetiza el compromiso de los fotógrafos de Caretas por conseguir aquellas fotografías que otros preferían mantener fuera del alcance de la cámara.

Fátima López ocupa un lugar destacado entre los fotógrafos que dieron identidad visual a Caretas. Una de sus imágenes más significativas muestra a la luchadora social María Elena Moyano sosteniendo un plato vacío. La fotografía condensa una época marcada por la pobreza, la organización popular y la violencia política. Ese plato simboliza tanto las carencias de los sectores más vulnerables como la lucha de una dirigente que convirtió la necesidad en acción colectiva. Moyano, figura emblemática de Villa El Salvador y defensora de las organizaciones vecinales, sería asesinada en 1992 por Sendero Luminoso, una semana después de tomada la foto. La mirada de López no se limita a registrar la precariedad: retrata a una mujer que encarnó la dignidad y la resistencia.

La fotografía de Sergio Urday que muestra a Alberto Fujimori accionando la cadena de un inodoro durante una inspección a un colegio público constituye otra de las imágenes emblemáticas del archivo de Caretas. Más allá de la anécdota, resume la capacidad de la revista para desmitificar el poder y encontrar, en un gesto inesperado, una metáfora visual de gran fuerza. La escena rompe la solemnidad que suele rodear a los gobernantes y confirma que, para Caretas, ningún personaje público estaba a salvo de la mirada crítica, el humor y la ironía.
En un registro completamente distinto, la fotografía de Alejandro Balaguer sobre una familia asháninka desplazada por el terrorismo conmueve por su sobriedad y humanidad. Más que ilustrar un episodio del conflicto armado interno, retrata el sufrimiento silencioso de comunidades atrapadas entre Sendero Luminoso y las fuerzas del Estado. Su fuerza reside en recordar que, detrás de las cifras y los titulares, había vidas marcadas por el desarraigo, el miedo y la resistencia.
Esa misma capacidad para convertir la noticia en memoria se aprecia en la fotografía de José Vilca sobre el atentado de Tarata. La imagen muestra a dos personas cargando a una víctima ensangrentada entre los restos de la explosión. Más que documentar el atentado que sacudió Miraflores en 1992, captura la reacción humana frente a la tragedia: el desconcierto, la solidaridad y la urgencia por salvar vidas. Es una de esas fotografías que sobreviven a la noticia y permanecen como parte de la memoria colectiva del país.

La fotógrafa Ruth Enciso representó otra faceta del universo fotográfico de Caretas. Antes lo había hecho Cecilia Herrera, bajo la dirección de la misma Doris Gibson. Desde las páginas de sociales y la revista Ellos y Ellas, Enciso y Herrera retrataron la vida pública más allá de la política y la noticia dura: celebraciones, encuentros y personajes de la política, el espectáculo, la cultura, la empresa y la sociedad limeña. Con una mirada atenta al detalle, al gesto y a la puesta en escena, esas fotografías captaron no solo el brillo de esos espacios, sino también sus códigos, poses, caprichos y contradicciones, con el humor y la ironía que caracterizaron a la revista al observar a la alta sociedad. Así se construyó una crónica visual de las aspiraciones, costumbres y formas de relacionarse de una época.
La fotografía de Caretas también ayudó a formar una cultura visual. Varias generaciones aprendieron a mirar el Perú a través de composiciones cuidadas, retratos de gran fuerza expresiva y reportajes donde la secuencia de imágenes narraba una historia completa. El blanco y negro de muchas de esas fotografías, lejos de restarles actualidad, les otorgó un carácter casi intemporal.
Hoy, cuando la sobreabundancia de imágenes digitales amenaza con volver efímero cada acontecimiento, el archivo fotográfico de Caretas adquiere un valor aún mayor. No representa únicamente la historia de una revista, sino una parte esencial de la memoria visual del Perú. Sus fotografías recuerdan que el fotoperiodismo no consiste solo en registrar lo que sucede, sino en preservar aquello que una sociedad necesita recordar para comprender quién ha sido y quién aspira a ser.
Esa vigencia puede apreciarse en la exposición El Perú, en clave CARETAS. 75 años de historia fotográfica, concebida por Diana Zileri, de Caretas, y Andrés Longhi, de la Asociación Ojos Propios. La muestra reúne una selección de imágenes emblemáticas del archivo de la revista y, más que una retrospectiva, propone un recorrido por la memoria visual del Perú, reivindicando el fotoperiodismo como una forma de arte y un valioso patrimonio cultural.
En última instancia, las fotografías publicadas por Caretas demuestran que una imagen periodística puede sobrevivir a la noticia que le dio origen. Cuando el titular ha sido olvidado y la coyuntura ha pasado, permanece la fotografía: un fragmento de tiempo que sigue interpelando al espectador y continúa iluminando la historia del país. ∎

y Óscar Medrano.
