El vértigo de las luces amarillas, del poeta Enrique Sánchez Hernani, un canto a Lima, a la poesía y a una generación literaria.
Escribe: Gabriel Ruiz Ortega
Toda la obra poética de Enrique Sánchez Hernani, es una celebración de la vida y de la poesía. En ese registro, vemos la vida generacional, la adicción a la música, la epifanía de la noche limeña y el disfrute de la amistad. Sánchez Hernani empezó a publicar desde mediados de los 70 y durante los años 80 entregó tres libros de poesía. Épocas duras en donde el país se dirigía al abismo y la poesía, para Sánchez Hernani, era el único punto de fuga para sobrevivir. Después de esos años, el poeta siguió publicando más libros de poesía. A la par de este ejercicio, desarrolló una provechosa carrera periodística, con etapas de esplendor y de controversia (“Así es”, refrenda el poeta), que resulta clave traer a colación para entender el impacto discursivo de su último poemario: El vértigo de las luces amarillas (Cultura Peruana, 2024).
Este poemario aborda los tópicos ya desarrollados por el poeta, pero ahora su mirada es otra, su intensidad también, lo cual no es nada poco: Sánchez Hernani nunca ha dejado de ser reconocido como un buen poeta. A él no le vamos a contar cuentos.
Al respecto, dice:
“La escritura de este libro la acabé cuando me jubilé del periodismo, hace siete años, antes de la pandemia, y tuve todo el tiempo del mundo para reflexionar, reescribirlo y terminarlo. Lamentablemente, esa época coincidió con la partida de varios amigos míos, como Tulio Mora, por ejemplo, que era muy cercano a mí y de otros compañeros de generación. Supe que mi época de ángel del rock and roll y poesía había terminado. Ya no era más ese muchacho que recorría durante los años 70 y 80 los bares de Lima para vivir a toda prisa, sino que era alguien que tenía que irse despidiendo”.
Sánchez Hernani añade:
“No soy inmortal, murieron también mis amigos Eloy Jáuregui, Miguel Burga y José Watanabe. Estoy bien de salud, con algunas dolencias propias de la edad. Pero estoy, en general, activo. Si después de todo lo que he leído, si después de todo lo que he vivido, pues una conclusión debía tener y este libro pretende reflejar esa conclusión”, dice el poeta, cuya voz es la de un guerrero de mil batallas.
El vértigo de las luces amarillas tiene un escenario y un respiro: la magia poliédrica del centro de Lima.
“El último periodo de mi vida profesional lo terminé en El Comercio, que fue el cierre de un comienzo que empecé en La República, ambos medios ubicados en el centro de Lima. Con este libro rindo homenaje a la intensidad que me tocó vivir. El periodismo es intenso y la poesía que quería escribir también. Pero mi pasión por Lima viene desde mi época de La Sagrada Familia”. (La Sagrada Familia, grupo poético de los 70 que integró Sánchez Hernani).
“No me apuré para este libro. No tengo stencil en el alma para estar botando todo lo que llevo dentro. Lo escribí con lentitud. No está escrito con la intensidad del periodismo, su proceso fue distinto, acompañado de la poesía día y noche. Lo que leo y releo más ahora es poesía. Todo lo que hago está concentrado en la poesía”.
Como periodista cultural, Sánchez Hernani fue muy activo. Lo bueno, lo malo y lo feo, en cuestiones literarias, pasaban por sus ojos. Muchas de las voces que saludó, hoy están consolidadas. Pero esta distancia del periodismo, no lo hace ajeno a lo que últimamente ve de la poesía local:
El auge de las redes sociales ha hecho que cualquier persona crea que es poeta. Ser poeta es una especie de enfermedad. Tú no la eliges. La poesía te elige, te infecta de una manera bella, hermosa y quedas contagiado para el resto de tu vida. Para mi generación y las anteriores generaciones, la poesía era un virus que nos impulsaba a escribir, a publicar, pero siempre siendo autocríticos. Hoy con tus propinas publicas un poemario y le pagas a un amigo para que escriba bien de tu libro. Eso no es poesía. Había talleres de alta calidad como el de Marco Martos e Hildebrando Pérez y cuando nos reuníamos nos leíamos con rigor. En esta etapa de mi vida, sigo aprendiendo, un poeta nunca deja de aprender a escribir”.
Sánchez Hernani pertenece a una generación que se peleó con medio mundo literario. Para quien escribe, la poesía, dejando de lado los bandos, es la única ganadora de aquellos cruces discursivos. Lo mejor de la poesía peruana de hoy, viene de los poetas que surgieron en los 60, 70 y 80.
“Mi generación fue una década de movimientos poéticos donde se incorporaban de manera numerosa muchos jóvenes, no todos hemos logrado persistir, no todos siguen escribiendo. Hubo muchos manifiestos, corrió mucha sangre sobre el papel y se “fusilaron” a muchas personas de otras generaciones. En lo particular, en lo que se refiere a mí y a La Sagrada Familia, nosotros nunca fusilamos a nadie. La masacre fue innecesaria, pero éramos muchachos. Éramos muy jóvenes. Uno de joven hace tropelías, pero todas esas aguas revueltas de las peleas fueron calmándose. Hubo un grupo que, en un manifiesto, publicó que querían escupir sobre la tumba donde yacía el cadáver de Martín Adán. Se han avergonzado de haberlo dicho. Son signos de una época y lo que ha quedado es lo que dices, la poesía”.
La buena poesía, como la de Enrique Sánchez Hernani en El vértigo de las luces amarillas. ■
Este artículo fue originalmente publicado en el diario La República.

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Gabriel Ruiz Ortega. Lector, escritor, periodista y editor. Autor de la novela La cacería y de la serie de antologías de narrativa peruana contemporánea Disidentes. Administró el blog La fortaleza de la soledad. Se desempeñó como editor de Culturales e Inactuales de la revista Caretas. En la actualidad es editor de Cultura y de Cierre de edición en el diario La República. ■
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Travesía del tiempo y de la letra
(Un poema de Entique Sánchez Hernani)
¿Los poetas mayores de 60 hablan de la muerte?
¿Entornan los ojos y ven cruzar los nimbos de metal
por el cielo oscuro de golondrinas hambrientas?
¿Frente al mar atraen los caracoles
los cangrejos algunas aves moribundas y les dictan una profecía
a los albatros que tienen como dóciles mecanógrafos?
¿Confunden el rumor de sus enfermedades
con la tristeza de sus vecinos pensando
que la alegría es una cuestión de las Naciones Unidas?
¿Qué oyen exactamente cuando suenan los címbalos
y los cornos que suelen presagiar las tempestades
que hacen llover abecedarios del casto firmamento?
¿Es verdad que pueden hacer germinar tulipanes
hasta en el hoyo hostil y sagrado de las cavernas?
Venerables letrados
poetas disonantes
si aún después de ver nacer escuadras de navíos en el cielo
o a muchachas que levitan desde sus sueños
agitando pañuelos
siguen pensando en la oscura parca
ruego que suban a los balcones para que vean volar
los paraguas abiertos
los coros de cien iglesias barrocas
los techos de la risa el sol que se desplaza lento
y cuando quieran escribir echen a rodar una bicicleta dorada
por los prados de la memoria
cuando quieran pronunciar la palabra amor
que sea de uno auténtico
capaz de calmar las aguas que asedian a la muerte
esa temible conjetura de los magos sometidos al acoso
de sus desastres rutinarios
pero sin olvidar que mañana podrán escribir más canciones
ensimismados en comprobar que la vida persiste
terca en su voluntad de lavarlo todo
incluso nuestras propias arengas.
Mas el fin nunca acaba completamente.
Peor sería la condena de estar obligados a ver para siempre
las efímeras secuencias de la vida malgastada
en las tabernas.
Siempre será mejor vivir
poetas
aunque el dolor insista en hacernos remar
sobre la charca iluminada del miedo.
