El escritor y crítico literario José Carlos Yrigoyen reseña el libro “Dónde dejar tanto ruido” (Álbum del Universo Bakterial, 2023 ), de la poeta Roxana Crisólogo.
Libro a libro, Roxana Crisólogo (Lima, 1966) ha ido construyendo uno de los proyectos más amplios, coherentes y personales de la poesía peruana de este siglo. Leídos en secuencia, sus poemarios se intercalan por medio de inclinaciones y latencias que, en plena madurez, han evolucionado hasta volverse partes identificables de una intrincada bitácora de vivencias y meditaciones: el país dejado atrás, el desentrañamiento de realidades extranjeras, la nunca resuelta pregunta sobre la identidad, los vaivenes de la migración y la historia. En uno de los poemas de su último título, “Dónde dejar tanto ruido”, se pregunta si es que la experiencia trae consigo sabiduría, como poniendo en juego el sentido de su discurso; el volumen es una respuesta a dicha interrogante, absuelta con un oficio que va más allá de la efusión confesional. Hay en este libro una consciencia de su propia estructura que lo convierte desde el comienzo en un espacio de asimilación de diversos ritmos y sentencias que aplaca la enunciada “ira de la forma” para convertirla en visión y conocimiento.
¿Cómo lo consigue? El poeta norteamericano Hayden Carruth hablaba de dos formas de poetizar: una que parte de una estructura surgida desde el interior del poeta, y otra, que nombró como aleatoria derivada, que parte del exterior. Carruth criticaba este segundo camino, considerando que tendía a suplantar la poesía por la declaración. Crisólogo ha sabido sortear la trampa de lo derivativo y lo declarativo asumiendo su material con un compromiso donde lo estético redimensiona lo político, haciéndolo componente de una experiencia original e integradora.

Como prueba están ahí algunos poemas estupendos, que exhiben esa destreza de Crisólogo para absorber segmentos de la realidad y entregar dispositivos cuyos disímiles planos y elementos consiguen recrear situaciones de alta significación. Uno de los más recurrentes en este libro es el tema gastronómico: la poeta asegura que es posible “hacer poesía de los campos de espárragos”, mientras denuncia la explotación de los campesinos peruanos, sin que sintamos jamás la molesta sensación de la consigna o el panfleto sobrevolando la lectura. Uno de los grandes momentos es “Esta es la masa del funeral”, dedicado a la diáspora venezolana, un asunto sin duda difícil de tratar sin caer en los lugares comunes a los que son tan proclives los poemas declarativos sobre problemática social. Crisólogo no solo vence este desafío, sino que redondea una composición sin caídas de arquitecto, inteligente en su dirección y acerada en sus símbolos. Pero tal vez su mejor pieza en este respecto sea la que cierra el conjunto, “La arpillera”, quizá el más notable poema acerca de la represión policial de estos años.
Hay otros méritos que Crisólogo exhibe en “Dónde dejar tanto ruido”. Uno de ellos es la naturalidad con la que plasma la ternura de la incomunicación, como sucede en “Los abrigos rojos de mis dos amigas”, canto a la empatía y al humor melancólico que rasga los velos de la soledad foránea. O su prestancia para retratar la andadura de vivir en “un lugar donde volverse lógicos y prácticos”, ese mundo nórdico en el que dialoga con una cultura tan ajena y antigua, proveniente de “una ciudad que se forma de los restos de viejas ciudades”. Mención aparte para la bella edición del Álbum del Universo Bakterial.
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Nota del editor: Esta crítica literaria salió publicada originalmente en la sección ‘Las peras del olmo’, que escribe José Carlos Yrigoyen en el diario El Comercio.
UN POEMA DE ROXANA CRISÓLOGO

Mi padre no fue zapatero
mi padre salía temprano a recoger la carne que llegaba de la
Argentina
un país donde sobraba la carne
la descongelaba
la repartía en bolsitas de cortes exactos
un día yo empecé a ver la vida desde esos cortes exactos
esto es para nosotros esto no
las partes jugosas más blandas tienen un dueño natural
un corte
los cebos y los ligamentos que estiramos
también las vísceras y las sobras
a mí siempre me gustaron las sobras
pensaba que todo lo que ofrecía el animal se concentraba
ahí en su corazón robusto
en sus riñones jugosos de la expulsión
el máximo sabor en sus huesos de vejez acritud y experiencia
entendí la práctica repartición de un animal para entender
una repartición más elemental
yo me decía tontos
no saben lo que se pierden la concentración de la vida
todos sus minerales sus recuerdos su fortaleza
el hierro de la armazón que trabaja para que todo funcione
el origen
está en estas vísceras
un día mi padre dijo no puedo más y me mostró sus manos
llenas de cortes
la sangre hundida en sus uñas y ese olor a no repartido en partes
iguales
que no lo dejaba en paz
ese era su trabajo
reservar lo más suave y blando
sin olvidar lo que le toca
se fue a estudiar leyes porque nada se podía cortar por capricho
ni dejar a merced del apetito de los comensales
había reglas hasta para herir y cortar
