Reproducimos el discurso pronunciado durante la presentación de Mujeres del Perú (Fondo Editorial de la Universidad de Lima, 2026), el fotolibro de Yayo López. Más que una presentación, el texto desarrolla una reflexión filosófica sobre la belleza, el arte y la condición humana. Desde esa perspectiva, reivindica el valor de la experiencia estética en una sociedad marcada por la productividad y la eficiencia, y propone una lectura de Mujeres del Perú como una obra que reafirma el poder de la fotografía para visibilizar la diversidad, preservar la memoria y celebrar la dignidad humana.
Escribe: Jaime Bailón (*)
El primer día de una clase de filosofía, un alumno me preguntó para qué sirve la filosofía. Yo le respondí con mucha fuerza y sin una pizca de ironía que no servía para absolutamente nada. Porque la filosofía no es un sirviente; la filosofía nos enseña a ser humanos. Como decía mi profesor Fernando Silva Santisteban, no nacemos humanos, sino que aprendemos a ser humanos. Y hoy día esa humanidad la estamos perdiendo, porque estamos inmersos en una lógica de la producción y de la rentabilidad. Por eso la pregunta de mis alumnos: “¿Y esto para qué sirve?”. Ser humanos no es solo producir, no es solo la búsqueda de la eficiencia; todo eso debe ser un medio, pero no el fin. El fin debe ser curarnos, aprender y, sobre todo, apreciar la belleza. Y de eso trata el libro de Yayo López, Mujeres del Perú. De todos estos fines, la belleza es el que hemos dejado de lado.

Bueno, les decía que la belleza es el sostén de todo lo humano y, sin embargo, la hemos abandonado. Incluso en el curso de estética que yo dicto en la Universidad de Lima casi no hablamos de la belleza. Hay dos razones para este olvido: la primera, que la belleza es difícil de definir. Santo Tomás decía que bello es algo que, cuando lo ves, te causa placer; Thomas Mann, que la belleza te perfora como un flechazo; y Kant, uno de los fundadores de la estética moderna, señalaba que lo bello no tiene conceptos —es decir, no se puede explicar racionalmente— y no tiene un fin o un propósito. Sin embargo, lo bello es innato a todos los seres humanos. Obviamente, los patrones de belleza son culturales, pero la capacidad de reconocer la belleza es universal. Inclusive Kant, uno de los padres del eurocentrismo, era consciente de que no existe un solo tipo de belleza. Si bien Kant no viajaba mucho, vivía en un puerto y podía ver gente de diversas naciones, veía africanos, asiáticos, él asumía que había diversos tipos de belleza.
El reconocimiento de la belleza o de la fealdad es algo inmediato. Recuerdo que al salir de la clase de estética me encontré con unos chicos que estaban pegando unos afiches mal hechos con plumón y una foto borrosa de un baterista; el afiche decía: “Se busca baterista”. Un trabajador de limpieza se acerca a ellos y les dice: “Están atentando contra la estética de la universidad”. No les dijo que estaba prohibido, sino que estaban atentando contra la estética. Yo me acerqué al joven y le pregunté cómo sabía que eso atentaba contra la estética de la universidad, y él me respondió con una frase que hubiera maravillado a Kant: “Simplemente lo sé, profesor, sin conceptos”. Entonces, lo que se aprende es el modelo de belleza; la publicidad y el cine nos ofrecen modelos de belleza (mujeres fitness, barbies), eso se aprende, pero la capacidad de reconocerla viene con el ser humano.

Si nos vamos más lejos en el tiempo y revisamos los textos clásicos sobre la belleza, empezando por Platón, él definía lo bello con el bien, y esa conjunción de belleza y bondad era la armonía, que era el fundamento de la felicidad, que en griego era la eudaimonia, eu que significa “bueno” y daimon “espíritu”. La virtud no tenía que ver con códigos de la moral cristiana, sino con la realización del ser: la del maestro, enseñar; la del artista, desvelar la belleza; la del médico, curar; la del futbolista, jugar bien y ganar una copa.
Otro elemento clave de la belleza es que es simbólica. La noción de símbolo está ligada a la noción de representación y, sobre todo, de reconocimiento. En El banquete, Platón señalaba que en la tierra primitiva los seres esféricos, con cuatro brazos y cuatro piernas, desafiaban a los dioses, y estos, celosos, los separaron; desde ahí, estas criaturas tratan de juntarse. Por eso se habla hasta hoy de “encontrar a nuestra otra mitad”. El amor es una forma de reconocimiento, y la belleza está profundamente ligada al amor porque hay un deseo de poseer lo bello y lo bueno. Conocerse es como un relámpago, como decía el poeta Pedro Salinas.

Pero hay también otra dimensión de lo simbólico: es la unión de lo diverso. En el caso de la belleza, es la unión entre lo sensible y lo inefable, que sería lo que no se puede expresar con palabras o con la razón. No se puede crear siguiendo reglas; el artista tiene que transgredir las reglas. Pero ese proceso no es fácil; no es que el artista no conozca las reglas, las internaliza, las hace suyas y luego las «olvida» y las rompe. Como cuando uno aprende un idioma: la mejor prueba de que uno no lo sabe todavía es cuando está pendiente de las reglas gramaticales; cuando uno las internaliza, recién puede jugar con el lenguaje y transgredirlo.
Pero todo este proceso, en el caso del arte, es doloroso. Jaspers señalaba que cuando uno admira una perla no es consciente de que es la enfermedad de la concha; cuando uno admira una obra como la de Yayo no es consciente de todo el sacrificio que demanda su creación, todo el dolor y, en algunos casos, la enfermedad. Además, el artista nos permite ver por primera vez el mundo: vemos las formas y para qué funcionan las cosas, pero no su materia, su color, su textura, su piel. La unión del cuerpo con la naturaleza y el arte nos construye una verdad. Los medios nos han vendido durante mucho tiempo la verdad de la belleza comercial, pero el artista también nos puede presentar otra verdad.
Otra razón por la que se dejó de estudiar la belleza, incluso en el campo del arte y la estética, es que se le considera como algo superfluo o inútil. Yo mismo quiero hacerles una confesión: no me presento socialmente como profesor de estética, me presento como profesor investigador, especialista en culturas populares o en investigación de mercados, porque la mayoría de la gente piensa que si soy profesor de estética enseño peluquería o que tengo un salón de belleza. Recuerdo que una vez, inclusive en la Municipalidad de Surco, me quisieron nombrar jurado de un concurso de belleza; yo lo rechacé, era joven y muy tonto, porque siempre llaman para ser jurados a exreinas de belleza y cirujanos plásticos, pero hubiera sido la primera vez que un filósofo del arte estaría ahí. Ahora me arrepiento.

Pero la belleza no es algo superfluo. Uno puede decir: “Hay tanto dolor, desigualdad y hambre en el mundo, ¿por qué tendríamos que interesarnos en la belleza? El arte debe representar la fealdad, lo grotesco”. Sin embargo, ante una realidad tan dolorosa, ¿por qué exacerbar más el dolor? Necesitamos afirmar la vida, y la belleza es la vida. El sol es bello porque es vida, un bebé es bello porque es la vida; uno de los seres más bellos que he visto es mi hijo recién nacido, porque es la vida que se abre paso. Y su opuesto, un cadáver, es algo feo. Además, la belleza puede transformar el dolor crudo de una pérdida, de un familiar, del desamor, en una serena tristeza. No es casual que cuando alguien muere se envíen flores y poemas; la belleza no supera el dolor, pero puede hacer más llevadero el momento, porque nos permite tomar distancia y trazar un nuevo camino para afirmar la vida.
Quiero terminar esta breve intervención citando las palabras del profeta Isaías: “Dadles belleza a cambio de cenizas, el aceite de la alegría a cambio del duelo, la prenda de la alabanza por el espíritu del pesar”. Y yo añadiría: podríamos dar también este hermoso libro de Yayo López. ∎
(*) SOBRE EL AUTOR DEL ARTÍCULO
Jaime Bailón es investigador del Instituto de Investigación Científica (IDIC) y profesor asociado ordinario de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Lima. Es magíster en Filosofía, con especialidad en Epistemología, por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, y licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Lima. Actualmente es doctorando en Filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
En la Universidad de Lima dicta los cursos de Branding Personal y Comunicación Efectiva, Trabajo de Investigación I, Procesos Interculturales y Estéticas Contemporáneas. Asimismo, es docente de la Dirección de Educación a Distancia de la Universidad ESAN, donde imparte cursos de marketing y comunicación. Fue conferencista TEDx en 2013.
NOTA DE PRENSA.- Una década de trabajo fotográfico da forma a un retrato coral de las mujeres peruanas, su diversidad y su protagonismo social.

Fruto de una década de recorridos por distintas regiones del país, Mujeres del Perú (Fondo Editorial de la Universidad de Lima, 2026) reúne 55 retratos que proponen una reflexión sobre la identidad, la diversidad y el papel de las mujeres en la construcción de la sociedad peruana. A través de una mirada documental, Yayo López se aleja de los estereotipos y de las representaciones homogéneas para destacar la riqueza cultural y étnica del Perú desde el rostro, la presencia y la experiencia de mujeres de distintas generaciones y contextos.
Más que un registro fotográfico, el libro plantea una aproximación que reivindica a las mujeres como protagonistas de los procesos sociales y culturales del país. En un contexto marcado por la creciente digitalización de la imagen, la obra reafirma el valor de la fotografía como herramienta para documentar la realidad, preservar la memoria y fortalecer una mirada profundamente humana. ∎
